¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?
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Por Andrea Ruiz
"¿Qué es el hombre para que
te acuerdes de él, el ser humano para que te
ocupes de él?” (Hebreos 2, 6)
Es sorprendente pensar
que Dios se haya hecho hombre, pensar que en todo
se hizo semejante a nosotros. A veces es difícil darnos
cuenta de la gran dignidad del ser humano y descubrir
esa imagen de Dios que cada uno lleva dentro. Pero
el hombre no solo es digno por haber sido creado
a imagen y semejanza de Dios, también lo es por
el hecho de que la segunda persona de la Santísima
Trinidad se hace hombre. Jesucristo al hacerse hombre
eleva la naturaleza humana y entonces todas las actividades del
hombre, que no van contra el bien moral, adquieren un
aspecto dignificante. No solo el rezar o hacer sacrificios y
penitencias… sino el trabajo, el juego, el descanso. Jesús se
identifica con todas las actividades que realizamos y por eso
se identifica también con todos, a todos nos entiende, con
todos compadece, con todos se alegra, descansa, sufre, ríe. Cada
circunstancia en nuestra vida, cada situación, cada actividad nos puede
hacer más humanos. Después de Cristo el trabajo se redimensiona.
Jesús de Nazaret también trabajó, ¡el hijo de Dios fue
carpintero! El hijo de Dios vivió treinta años
en Nazaret, en el silencio, en lo ordinario, en un
pueblo poco conocido, oculto a las glorias humanas, a los
éxitos, a lo extraordinario. ¿Cuánto no valdrá a los ojos
de Dios el trabajo diario de las personas que buscan
el sustento necesario? ¿Cuánto valdrá la entrega continua del médico
en un hospital? ¿Cuánto el del sacerdote que pasa días,
meses, años en pueblo perdido buscando llevar a más almas
al cielo? ¿Cuánto el del ama de casa que busca
dar lo mejor de sí misma, el esfuerzo del barrendero?
¿No será que Cristo quiso pasar treinta años en Nazaret
para decirnos a nosotros, hombres lentos para comprender, que nuestra
vida vale la pena por el simple hecho de ser
humanos? ¡Treinta años! Cristo nos salvó en la
cruz, sí, pero también nos salva en Nazaret, también nos
redime desde el taller del carpintero. No nos salva por
su sufrimiento en la cruz, sino por su obediencia al
plan de su Padre. Y Cristo obedeció desde que nace
en Belén hasta su Ascensión al cielo. Así también nosotros,
obedeciendo en lo ordinario, en lo que nos toca cumplir,
co-redimimos con Cristo y merecemos el cielo. Sería
mayor el respeto que les daríamos a los otros si pensáramos
en ellos como otro Cristo. Hemos de redescubrir o empezar
a descubrir nuestra dignidad humana, nuestra hermandad en Cristo.
Cristo quiso encarnarse para que cada hombre, cada
mujer pudiera acercarse a Él. Cristo encarnado es un hecho
que nos impresiona y maravilla. Hay muchas cosas en la
vida que nos maravillan y de las cuales podemos pasar
mucho tiempo pensando sin que se nos acabe el tema
de reflexión. Últimamente me había preguntado las razones por las
cuales el ser humano se diferencía del resto de la
creación y cómo debería ser mi trato hacia los demás. La
primera respuesta que encontré fue que el hombre tiene facultades
superiores que le hacen conocer, interpretar, actuar y amar el
mundo que le rodea y sobre todo poder tener una
relación con su Creador. Pero encontré otra respuesta, una que
me hizo valorar muchísimo más mi humanidad: la segunda persona
de la Santísima Trinidad se encarnó… se hizo hombre. Y
dice la carta a los hebreos: “En consecuencia, debió hacerse
semejante en todo a sus hermanos…”. De ahí que para
mí “el otro” se vuelve otro Cristo, digno de toda
mi atención y respeto, pues en todo se hizo Dios
semejante a nosotros.
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