Oración de Juan Pablo II, acto de consagración a María en el Jubileo de la Redención
Madre, como el apóstol Juan, nosotros queremos acogerte en
nuestra casa, para aprender de ti a ser como tu
Hijo. "¡Mujer, aquí tienes a tus hijos!" Estamos aquí,
ante ti, para confiar a tus cuidados maternos a nosotros
mismos, a la Iglesia y al mundo entero. Ruega por
nosotros a tu querido Hijo, para que nos dé con
abundancia el Espíritu Santo, el Espíritu de verdad que es
fuente de vida. Te encomendamos a todos los hombres, comenzando
por los más débiles: a los niños que aún no
han visto la luz y a los que han nacido
en medio de la pobreza y el sufrimiento; a los
jóvenes en busca de sentido. A las personas que no
tienen trabajo y a las que padecen hambre o enfermedad.
Te encomendamos a las familias rotas, a los ancianos que
carecen de asistencia y a cuantos están solos y sin
esperanza. Oh Madre, que conoces los sufrimientos y las esperanzas
de la Iglesia y del mundo, ayuda a tus hijos
en las pruebas cotidianas que la vida reserva a cada
uno y haz que, por el esfuerzo de todos, las
tinieblas no prevalezcan sobre la luz. A ti, Aurora de
la Salvación, confiamos nuestro camino para que bajo tu guía,
todos los hombres descubran a Cristo, luz del mundo y
único Salvador, que reina con el Padre y el Espíritu
Santo por los siglos de los siglos. Amén. (8 de octubre
de 2000, n. 4-5)
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